Acabamos de publicar el artículo «Antisemitismo, (anti)sionismo e islamofobia: precisiones conceptuales, evidencias empíricas y marcos operativos en X, Facebook, Instagram y TikTok (2024)».

En un momento histórico marcado por la guerra en Gaza, la polarización política, la expansión del odio online y la instrumentalización de conceptos como el antisemitismo, el antisionismo y la islamofobia, este trabajo busca aportar algo que hoy resulta imprescindible: precisión conceptual, evidencia empírica y criterios operativos.
El artículo parte de una distinción fundamental para los autores: No toda crítica a Israel o al sionismo constituye antisemitismo, pero una parte del antisemitismo contemporáneo circula precisamente a través de marcos políticos que reciclan tropos clásicos —culpabilización colectiva, doble lealtad, conspiraciones sobre “poder judío”, negación o banalización de la Shoá, o analogías deshumanizadoras con el nazismo—. Del mismo modo, no toda crítica al islamismo político equivale a islamofobia, pero la asociación sistemática entre el islam, la violencia, el terrorismo o la incompatibilidad civilizatoria alimenta formas contemporáneas de racismo antimusulmán.
Para abordar esta complejidad, proponemos un marco basado en tres referencias internacionales —IHRA, Nexus y JDA— que permite separar el odio antijudío de la crítica política legítima, y articular esa distinción con el análisis de la islamofobia y del prejuicio antimusulmán.
Desde el punto de vista empírico, analizamos 798.475 mensajes públicos en español geolocalizados en España, publicados entre abril y agosto de 2024 en X, Facebook, Instagram y TikTok. Combinamos modelos computacionales de detección de odio —entrenados en el proyecto COIN— con los indicadores de toxicidad de la API de Perspective.
Uno de los hallazgos centrales, metodológicamente relevante y políticamente urgente, es que la toxicidad no equivale al odio. Una parte importante del antisemitismo y de la islamofobia no aparece necesariamente como insulto explícito, sino como insinuación, eufemismo, marco conspirativo, culpabilización colectiva o aparente razonamiento político. Esto obliga a ir más allá de las listas de palabras prohibidas y de la moderación puramente léxica.
El estudio también muestra que cada plataforma configura el odio de manera distinta. X aparece como un espacio especialmente asociado a la polarización y a la agresividad verbal; Facebook e Instagram pueden contener formas más implícitas; y TikTok plantea desafíos específicos por su lógica multimodal y por la centralidad de hashtags, imágenes, sonido y descripciones breves.
La aportación principal del artículo es doble. Científicamente, ofrece un puente entre la historia conceptual, la teoría social, la legislación internacional, el análisis computacional y los estudios sobre plataformas. Socialmente, propone herramientas para moderar mejor, detectar mejor y proteger mejor sin censurar el disenso político legítimo. En la situación actual, este equilibrio es decisivo. Combatir el antisemitismo no puede servir para silenciar toda crítica a Israel. Combatir la islamofobia no puede impedir analizar críticamente el islamismo político. Pero ninguna de esas distinciones puede usarse como coartada para normalizar el odio contra judíos, musulmanes, palestinos, israelíes o cualquier otra comunidad vulnerable.

Artículo disponible aquí:
http://revistas.uach.cl/index.php/racs/article/view/8241
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